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Un Estado democrático y laico en la Palestina histórica: ¿a quien se le ha terminado el tiempo?

22. February 2003

Por Ghada Karmi*

Fuente: C.A.S.A

“Dada la estructura actual del Estado de Israel y de los Territorios Ocupados, que es una estructura binacional en todo menos en el nombre, una polà­tica formal binacional no es descabellada. En último extremo, allanará el camino para un Estado laico democrático en la historia palestina. Ahora, esto podrà­a parecer una utopà­a, pero: ¿no hay nada más aparte de la empresa sionista de construir un Estado judà­o en la tierra de otro pueblo?”

Durante las dos últimas dà©cadas, la idea de la solucià³n en forma de Estado bipartito ha sido un tema de discusià³n permanente en el conflicto israelo-palestino. En 1993, cuando se firmaron los Acuerdos de Oslo, prevalecà­a la idea que la creacià³n de un Estado palestino independiente era sà³lo una cuestià³n de tiempo. A pesar de que los Acuerdos [de Oslo] no exponà­an abiertamente esta idea, en realidad tampoco indicaban una fecha là­mite, ello no impidià³ que la mayorà­a de los palestinos y otras personas pensaran eso. Ahora, casi nueve años despuà©s, y pese a los cambios esenciales producidos, la posicià³n oficial palestina en relacià³n con un Estado independiente sigue siendo la misma. De hecho, esta postura se ha reforzado con la ayuda, al menos verbal, europea y estadounidense. Ahora esta postura representa el punto de vista oficial y el fin último de las aspiraciones palestinas.

La historia del Estado palestino nace de la decisià³n, tomada en 1974 por el Consejo Nacional Palestino (CNP), de crear una “autoridad” en cualquier parte de la Palestina liberada. Posteriormente, esta “autoridad” pasà³ a ser sinà³nimo de Estado [palestino] y, desde entonces, el là­der palestino ha intentado por todos los medios lograr un Estado independiente, establecido en Gaza y Cisjordania, con Jerusalà©n Este como capital de dicho Estado. La Liga Írabe aceptà³, en 1976, a Palestina como un Estado miembro. En noviembre de 1988, el CNP se reunià³ en Argelia y aceptà³ formalmente la existencia de dos Estados independientes: Israel y la nueva Palestina. En 1997, Yaser Arafat anuncià³ que, el 4 de mayo de 1999, la OLP declararà­a la creacià³n de un Estado palestino independiente. Aunque esto nunca ocurrià³, Arafat ha estado, desde entonces, reiterando su posicià³n. Pese a que las fronteras de este Estado aún no se han definido, y pese a los rumores que fueron tomando cuerpo en las conversaciones de Camp David y Taba en 2000-2001, la idea de esa “entidad a lo largo de Israel” se ha consolidado. Parece que se ha extendido la aceptacià³n tácita de la idea, incluso en Israel. A pesar de que nunca ha existido aprobacià³n alguna de ningún Estado Palestino, existe un sentimiento de resignacià³n hacia este hipotà©tico resultado. Como consecuencia de todo ello, la solucià³n al conflicto en forma de dos Estados ha resultado ser tan predominante que ha desbancado cualquier otra posible solucià³n. Sin embargo, el actual asedio militar israelà­ sobre los cantones palestinos y la nula descolonizacià³n de la tierra palestina ha hecho obligatorio volver a revisar esta postura. En las actuales circunstancias, ¿es posible aún la creacià³n de un Estado palestino?

La solucià³n de dos Estados

Sin tener en cuenta si esta solucià³n es polà­ticamente acertada, o deseable, una ojeada al último mapa de los Territorios Ocupados (TTOO) sugiere la imposibilidad de llevarla a la práctica por una mera cuestià³n logà­stica. Cisjordania hoy en dà­a es una salpicadura de puntos rodeados de asentamientos judà­os que separan cada una de las ciudades palestinas, entrecruzadas por carreteras construidas únicamente para uso exclusivo israelà­ y para desgajar, aún más si cabe, los territorios palestinos. Compartiendo Gaza y Cisjordania con los palestinos hay alrededor de 180.000 colonos judà­os y una poblacià³n de alrededor de 200.000 judà­os en Jerusalà©n Este y sus alrededores. En Cisjordania no existe ningún tipo de continuidad territorial entre las zonas palestinas, aisladas entre sà­, y aisladas de Gaza y Jerusalà©n.

Si los asentamientos judà­os permanecen, cualquier proyecto de creacià³n de un Estado palestino no tendrà­a ningún territorio en el que establecerse. El problema se complica aún más por la falta de recursos naturales y por la desestabilizacià³n econà³mica que sufren, actualmente, las áreas palestinas. Esto es la consecuencia de 30 años ocupacià³n israelà­, ocupacià³n que ha transferido los recursos naturales de los habitantes de Palestina a los colonos, y consecuencia de la polà­tica israelà­ de aislamiento impuesta en Gaza y Cisjordania desde 1993. Las zonas palestinas sufren un alto à­ndice de desempleo (sobre el 50% en Gaza y un 30% en Cisjordania), restricciones al comercio, una industria subdesarrollada y escasos recursos naturales. Cualquier Estado palestino erigido sobre estas bases no es econà³micamente viable y sà³lo podrà­a sobrevivir con ayudas de millones de dà³lares.

El punto de vista de Israel respecto al fin de los asentamientos concede muy poco a las aspiraciones palestinas de creacià³n de un Estado propio. Israel mantendrà­a la mayorà­a de la tierra y los recursos bajo su control. Jerusalà©n Este permanecerà­a para siempre como la “capital indivisible” del Estado de Israel. No ha existido ningún plan israelà­ que haya ofrecido suficiente territorio a los palestinos para poner en práctica un Estado palestino viable. Sin el total desmantelamiento de los asentamientos judà­os y la salida de Israel de Jerusalà©n Este, la fà³rmula que existe hasta el momento de establecer un Estado palestino en Cisjordania y Gaza, con las fronteras de 1967 y con Jerusalà©n Este como su capital, simplemente no puede ponerse en práctica. Para lograr el objetivo de los dos Estados, habrà­a que plantearse, o bien una renuncia voluntaria israelà­ a los asentamientos de Jerusalà©n Este, o bien la existencia de un agente externo que presionara a Israel para hacerlo. Ninguna de las dos opciones son posibles y, en cualquier caso, las dificultades prácticas de evacuar a todos los colonos y separarlos de Cisjordania, desde el punto de vista de la seguridad, el agua y las infraestructuras, serà­an tan impresionantes como para disuadir al gobierno israelà­ de llevarla a cabo.

La solucià³n de un único Estado

Por todas estas razones, un Estado palestino, tal y como se imagina, no es viable, y la situacià³n en el terreno hace que, incluso, la separacià³n fà­sica de los dos pueblos sea muy difà­cil de lograr. Bajo estas circunstancias dejar de lado la idea de los dos Estados a favor de la solucià³n de un solo Estado que incluya a los dos pueblos, parecerà­a una alternativa evidente. La historia de la solucià³n en forma de Estado único entre los palestinos, se remonta, de hecho, a los años 30. La propuesta de creacià³n de lo que se ha dado en llamar un Estado democrático laico en Palestina fue realizada por primera vez en 1969 por el ala izquierda de la Organizacià³n para la Liberacià³n de Palestina (OLP), el frente Democrático para la Liberacià³n de Palestina (FDLP) y, formalmente adoptada en su versià³n modificada de “Estado democrático de Palestina”, por el Consejo Nacional Palestino (CNP) en el congreso anual de aquel año. Con pocas excepciones, la propuesta se enfrentà³ al rechazo por ambas partes. Los israelà­es consideraron simplemente que se trataba de una fà³rmula para destruirles, y los Palestinos pensaron que se trataba de una concesià³n inaceptable al enemigo. Nunca tuvo aceptacià³n en ningún lado y, sin grandes alharacas, despuà©s de 1974, fue abandonada, momento en el que la opcià³n de un Estado en Cisjordania fue tomando cuerpo.

En los últimos tiempos, y dado el actual impasse de la situacià³n polà­tica, la idea de un Estado para los dos pueblos ha comenzado a resurgir entre un pequeño número de izquierdistas palestinos e israelà­es, si bien es cierto que desde distintas perspectivas y por diferentes motivos. El debate se centra en la forma que este Estado deberà­a tener, si deberà­a ser un Estado binacional, o un Estado laico y democrático. El binacionalismo no es una idea nueva en Israel. Durante los años 30 y 40 los intelectuales europeos sionistas, como Martin Buber, Judah Magnes y Arthur Ruppin, estuvieron muy interesados en la creacià³n de un Estado binacional en Palestina en el cual las dos comunidades pudieran convivir. Algunos sionistas propusieron la convivencia con los árabes dentro de una organizacià³n cantonal, como en Suiza. Esto darà­a la autonomà­a a los judà­os en las localidades en las que vivirà­an y el resto del paà­s se dividirà­a en cantones autà³nomos, cristianos y musulmanes.

Algunos palestinos estuvieron de acuerdo con la idea de los cantones, porque pensaron que serà­a una forma de detener las ambiciones sionistas de la creacià³n de un Estado judà­o en Palestina. Pero la mayorà­a se opuso al binacionalismo en cualquiera de sus formas, ya que ello habrà­a supuesto la concesià³n de un estatus de igualdad, con los palestinos, a una minorà­a extranjera sin derechos en Palestina, lo que les permitirà­a proseguir con el objetivo sionista de dominacià³n. Entre los judà­os, quienes abogaban por un binacionalismo formaban un grupo pequeño e inefectivo y abandonaron estas ideas en 1948, cuando Israel se establecià³ como un Estado judà­o. El discurso sobre este tema fue totalmente olvidado, pero ha renacido en estos dà­as entre unos poco sionistas del ala izquierdista, que están preocupados otra vez con el binacionalismo.

En un Estado binacional, judà­os y palestinos existirà­an como comunidades separadas dentro de un marco federal. Cada pueblo se organizarà­a de forma autà³noma y el derecho legà­timo del uso de la lengua propia, de la religià³n y de sus tradiciones estarà­an garantizados. Ambos [judà­os y palestinos] participarà­an en un gobierno con un único parlamento, que podrà­a ocuparse de asuntos de importancia supranacional, defensa, recursos, economà­a, etc. Un Estado asà­ estarà­a basado en un modelo de cantones, como el suizo, o en el modelo binacional de Bà©lgica. En el caso de Palestina e Israel, la estructura cantonal estarà­a basada en la actual estructura demográfica del paà­s, donde las zonas árabes densamente pobladas, como la de Galilea, se convertirà­an en cantones árabes, y las [zonas] judà­as, como Tel Aviv serà­an cantones judà­os y asà­ sucesivamente. Esto dejarà­a pendiente por resolver un numero de cuestiones prácticas, como por ejemplo, los poderes y la composicià³n del parlamento, el ejercicio del derecho al retorno de judà­os y árabes, etc.

Sin embargo, el debate todavà­a no ha calado en Palestina más allá de en un pequeño grupo de gente, entre quienes se encuentran dos figuras destacadas, el diputado de la Knesset [Parlamento israelà­] Azmi Bishara, y el acadà©mico palestino Edward Said. Pero, al menos, implà­cito en estas propuestas está el reconocimiento de que Israel es, de hecho ya algo parecido a un Estado binacional, puesto que una quinta parte de su poblacià³n actual, dentro de la Là­nea Verde [de armisticio de 1967], es árabo-palestina. Por otra parte, el Estado laico y democrático demanda un solo individuo, un solo voto polà­tico, sin relacià³n con la à©tnia o la confesià³n religiosa. El objetivo serà­a la creacià³n de una sociedad pluralista basada en el modelo democrático de Occidente, y a à©sta se opondrà­a un modelo basado en la separacià³n de ambas comunidades. Esta última idea tiene menos adeptos y à©stos, aparte de las ordenadas filas de judà­os antisionistas, como el Profesor Ilan Pappe de la Universidad de Haifa y de otros, como yo misma, son sobretodo palestinos.

Objeciones a la solucià³n de un único Estado

Independientemente del sistema que se elija, es poco probable que la solucià³n de un Estado único fuera aceptada entre las masas palestinas o israelà­es. Actualmente, existen varios argumentos en contra:

Primero, se dice que los judà­os israelà­es y los palestinos no aceptarán nunca la integracià³n. Existe, sin embargo, una diferencia entre la separacià³n y la conquista militar de una parte sobre la otra. La separacià³n es la más humana de estas posibilidades.

Pero, ¿esta premisa es cierta? En realidad hay muchos ejemplos en la historia del mundo sobre integracià³n de pueblos que parecà­an totalmente irreconciliables antes de que se llegase a la resolucià³n del conflicto. Quizás, la más relevante, aunque todavà­a frágil, es el ejemplo de Sudáfrica. Inglaterra, despuà©s de su Guerra Civil es otro ejemplo. No podemos olvidar jamás que la mitad de la poblacià³n judà­a de Israel proviene de paà­ses árabes, donde los judà­os se encontraban relativamente bien integrados. Aunque la mayorà­a de ellos ahora hablan hebreo, y se ven asà­ mismos como israelà­es, conservan importantes elementos de su cultura árabe y han empezado a manifestarla abiertamente.

Segundo, se ha señalado que Israel hace lo que quiere porque posee el poder militar para ello. En estas circunstancias, los palestinos deberà­an apropiarse de lo que pudieran y vivir, dejando la lucha a un lado. Esto deberà­a ser una filosofà­a realista, pero los palestinos no muestran ninguna inclinacià³n a capitular. A pesar de su debilidad militar, siguen luchando en la actual Intifada, como estamos viendo, porque son conscientes de que el poder militar no es la única forma de poder. Hay un argumento moral en contra de la capitulacià³n a la injusticia, y esto ha calado hondo en la conciencia del pueblo palestino. Los últimos acontecimientos internacionales parecen haber reforzado esta posicià³n. Cualquier postura que ignore al argumento moral está destinada a su rápida desaparicià³n.

Tercero, se ha argumentado que, aunque lejos de la perfeccià³n, la solucià³n de un Estado binacional ofrece una salida hacia delante, que más tarde podrà­a avanzar hacia una solucià³n más justa, por ejemplo una federacià³n o una unià³n econà³mica. Otros verà­an esta solucià³n como el primer paso hacia un futuro Estado único. Muchos apoyan esta postura porque creen que un enfrentamiento directo con el sionismo, dado el desequilibrio de fuerzas, serà­a totalmente ineficaz. Creen que mientras la realidad demográfica y econà³mica va calando, la solucià³n es alejar lo más posible el sionismo.

No atacar al sionismo ahora simplemente aparca el problema para un futuro. El desequilibrio de poder entre Israel y un Estado palestino asegurarà­a que un “futuro desarrollo” siempre serà­a favorable a Israel y desfavorable para Palestina. En este contexto, producto de la naturaleza esencialmente racista del sionismo, no puedo concebir que la solucià³n de un Estado binacional pueda derivar en alguna forma de igualdad entre ambos pueblos.

Cuarto, aquellos que propugnan un Estado unitario son acusados de desviar la fuerza y la atencià³n lejos de aquello que es factible (dos Estados) en aras de sostener una utopà­a de imposible realizacià³n (un Estado). Esta objecià³n podrà­a justificarse si la solucià³n de un Estado binacional fuera deseable en tà©rminos morales pero impracticable.

Quinto, se mantiene que la creacià³n de un Estado único plantea tremendos obstáculos. ¿Como se llevarà­a a cabo? ¿Tendrà­an los judà­os el derecho al retorno al igual que los palestinos? ¿Quà© carácter tendrà­a el Estado hà­brido resultante y cà³mo serà­a aceptado por el resto del mundo árabe? ¿Serà­a predominantemente árabe con aspectos judà­os o todo lo contrario?

Todas estas preguntas son muy difà­ciles de responder. No tenemos un precedente histà³rico al que mirar para guiarnos. La verdad es que habrá que enfrentarse a estas cuestiones cuando se dà© el primer, y más difà­cil, paso, que es la decisià³n de establecer un Estado unitario. Una vez que esto se logre, el resto debe someterse a la discusià³n y al conocimiento. Serà­a inútil pretender que el proyecto sionista en Palestina no ha creado un problema de grandes dimensiones en la regià³n. Lidiar con estas consecuencias no será fácil, pero ello no puede ser una razà³n para apoyar la supervivencia del sionismo sosteniendo la continuacià³n de un Estado judà­o.

El binacionalismo y el derecho al retorno

En el contexto de la solucià³n de un Estado unitario, el Estado binacional resulta, evidentemente, menos inaceptable, puesto que puede diseñarse para que se asemeje lo más posible a la solucià³n del Estado binacional propuesta por el lado más fuerte. Pero desde el punto de vista palestino, para que un Estado binacional sea equitativo, y no simplemente un nuevo caos de la fà³rmula actual de hegemonà­a de Israel, debe garantizar el derecho al retorno de los refugiados palestinos a este [nuevo] Estado y la devolucià³n de la tierra y de los recursos que les han sido robados. Tiene que abolirse la Ley israelà­ del Retorno judà­o [cualquier judà­o del mundo tiene derecho a ser ciudadano de Israel] y el Estado binacional deberà­a configurarse a lo largo de las fronteras no sionistas, puesto que ello forma parte de la naturaliza exclusivista y discriminatoria del sionismo, que ha sido el origen del problema.

El destacado socià³logo israelà­ Sami Smoocha, que ha dirigido numerosas investigaciones desde la dà©cada de los 70, ha observado que “los judà­os de Israel eran, al mismo tiempo, racistas e inflexibles” y ello es la causa de que persista el conflicto israelo-árabe.
La discusià³n es, sin embargo, acadà©mica, a la luz de la actual opinià³n pública israelà­, que en su mayorà­a no apoya la solucià³n de un Estado binacional.

El Estado democrático y laico

Se puede presumir que la idea de un Estado democrático y laico, atraiga en este momento a pocos, porque serà­a, evidentemente, el fin del sionismo y obligarà­a a los israelà­es a compartir en igualdad la tierra que ellos ven exclusivamente como tierra judà­a habitada por no judà­os. El Estado laico y democrático es apenas mejor para los palestinos, para quienes significarà­a el fin del sueño de un Estado palestino soberano, sueño que se ha convertido en algo familiar y, hasta hace muy poco, alcanzable. La idea de vivir con los israelà­es, despuà©s de dà©cadas de odio y de sufrir el actual asalto israelà­, parecerà­a inaceptable. Y ¿aún asà­ la alternativa de un Estado único sigue sobre la mesa? Irà³nicamente, es la polà­tica anexionista del gobierno israelà­ en los TTOO la que precisamente ha destruido la opcià³n de los dos Estados. Fragmentando Cisjordania de forma tan eficaz, se ha asegurado que allà­ no pueda existir ningún Estado y asà­ se abrià³ la puerta a la solucià³n de un Estado único. Como consecuencia de ello, la opcià³n de un Estado palestino deja de ser dà©bil.

Tampoco es deseable, desde el punto de vista palestino, la solucià³n de un Estado binacional. En caso de que hubiera ocurrido, habrà­a sido inestable y, finalmente, inaceptable para los propios palestinos. Les habrà­a proporcionado, como mucho, una identidad rota, cierto grado de desmilitarizacià³n y una dependencia econà³mica sobre 1/5 de la tierra primitiva (incluso aunque les hubieran ofrecido toda Cisjordania, Gaza y Jerusalà©n Este, ello alcanzarà­a sà³lo el 23% del Mandato de Palestina). Serà­a un Estado incapaz de absorber los 4 millones de desplazados palestinos, y pondrà­a fin a las esperanzas del derecho al retorno a los hogares que les pertenecieron. Más importante, habrà­a sellado con su aprobacià³n la reivindicacià³n sionista de que la tierra palestina es la tierra exclusiva de los judà­os en la que jamás ningún palestino será aceptado.

El sentido palestino de la injusticia, que deriva fundamentalmente de la pà©rdida de su hogar …­de su tierra- y de la negacià³n del derecho al retorno, no podrà­a ser resarcido con un acuerdo desigual entre dos Estados. Y si la injusticia se deja sin resolver, ello será una fuente constante de inestabilidad y una causa de terrorismo en la regià³n. Nadie niega que hay una cantidad ingente de problemas en la manera de poner en práctica un único Estado en Israel/Palestina. Tampoco nadie niega que el pasado no puede cambiarse, pero una solucià³n, incluso a estas altura, que permita que toda la tierra sea compartida de forma equitativa por los dos pueblos y que permita la repatriacià³n de los refugiados ayudarà­a a poner los cimientos de un futuro estable. Dada la estructura actual del Estado de Israel y de los TTOO, que es una estructura binacional en todo menos en el nombre, una polà­tica formal binacional no es descabellada. En último extremo, allanará el camino para un Estado laico democrático en la historia palestina. Ahora, esto podrà­a parecer una utopà­a, pero ¿no hay nada más aparte de la empresa sionista de construir un Estado judà­o en la tierra de otro pueblo?

* Ghada Karmi es escritora y acadà©mica palestina residente en Londres. Su último libro (coeditado con Eugene Contral) es The Palestinian Exodus, 1948-1998, (Ithaca Press, 1999). Es miembro y vicepresidenta de CAABU y miembro de IOPA internacional. Este artà­culo fue publicado en la edicià³n de julio de 2002 de la revista libanesa Al-Adab.

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