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La revolución democrática contra Asad y las fuerzas apoyadas por el Golfo

Tomar Alepo desde fuera va en detrimento del movimiento popular


6. August 2012
Wilhelm Langthaler, Campo Antiimperialista

La escalada militar de julio, propiciada por el asesinato de cuatro oficiales de alto rango del régimen, constituye una prueba de fuego tanto para el régimen como para las diversas y divergentes fuerzas de la oposición. ¿Ayudará la actual batalla a descomponer las filas del régimen, aumentando la riada de deserciones que lleve finalmente a un golpe militar que elimine a la camarilla Asad-Makhlouf? ¿O será en cambio la estrategia crecientemente militarista, incardinada en el intento de apoderarse de Alepo a través de un ataque exterior, la que provoque el cierre de filas del régimen y el alejamiento de sectores de la población?


La explosión

El estallido de la bomba del 18 de julio dentro de un edificio del gobierno que mató a cuatro altos dirigentes del aparato de seguridad fue un golpe muy duro para el régimen. Independientemente de si los autores del atentado formaban parte de la oposición o eran adversarios dentro del régimen, muestra un agudo estadio de debilidad, desestabilización e inseguridad. Todo el mundo estaba pendiente de las reacciones del escalón más alto del aparato. Al mismo tiempo, las noticias acerca de la pérdida masiva de control territorial en el país, en los cruces de frontera y una casi total retirada del área kurda reforzaron la idea de la posibilidad de un rápido final del régimen. Después se produjeron los ataques de la insurgencia armada en Damasco que casi alcanzaron los centros de poder en los barrios que habían sido antes centros de rebelión civil. Desde dentro del entorno de la oposición han aparecido informes verosímiles de que hay un flujo creciente y veloz de defecciones militares y también civiles. Al mismo tiempo, la familia Asad-Makhlouf está perdiendo su confianza en la maquinaria estatal y cada vez acude más a los instrumentos que controla directamente, ya sean fuerzas de inteligencia, militares o paramilitares.

Esos mismos días hubieran constituido el momento apropiado para un golpe de estado que no llegó a producirse.

La trampa de Alepo

En lugar de ese golpe de estado, el régimen sofocó con relativa facilidad a la insurgencia armada en Damasco. Pero, en vez de elaborar una conclusión política a partir de esa derrota parcial –a saber, que la situación no estaba aún políticamente madura para un levantamiento armado en la capital-, una sección importante de la oposición armada, el combinado salafí del Ejército Sirio Libre, se apresuró a emprender un esfuerzo mucho mayor bajo peores condiciones políticas: el ataque sobre Alepo.

Alepo es el centro comercial del país bajo control de una burguesía conservadora aliada de Asad. Ha sido el lugar donde se han registrado menos protestas. Solo hace poco que se desataron actividades democráticas en las universidades y las manifestaciones tomaron la calle. También se ha informado que se produjeron ataques contra comercios precintando las tiendas. El régimen contestó como hace siempre, con una dura represión, porque no quería perder su último refugio. El movimiento democrático estaba aún allí en sus primeros estadios y lejos aún de una posible autodefensa armada que había sido ya algo orgánico en lugares calientes de la rebelión como Deraa, Homs, Idlib, etc. e incluso Damasco; pero en Alepo no existe una autodefensa armada propia crecida en casa y toda la red civil que en otros lugares apoyaba la rebelión armada estaba solo en sus comienzos. En Alepo se está produciendo un abierto ataque propiciado desde fuera, algo ajeno a la población local.

También las fuerzas de izquierdas desde dentro de la oposición informan que por vez primera hay una hegemonía salafí/islamista que se corresponde actualmente con la concepción militarista y, asimismo, con el armamento superior facilitado por la financiación extranjera. En otros lugares, contrariamente a la narrativa del régimen, los salafíes están allí pero en los márgenes. Uno puede asumir que mientras que en los centros de la rebelión las fuerzas militares de los Hermanos Musulmanes cooperan con los comités locales civiles y militares de los que ellos son parte, en Alepo podrían inclinarse más hacia los salafíes bajo la presión de un militarismo que tampoco les es ajeno.

Por tanto, sobre Alepo se ha desencadenado una batalla de dos fuerzas exteriores, por un lado, los rebeldes y, por otro, las fuerzas del régimen. Va a ser un enfrentamiento ensangrentado del que será víctima la población civil, matando al mismo tiempo sus legítimas aspiraciones democráticas.

En una guerra, es posible apoyar a una parte sin apoyar todas y cada una de sus batallas. La batalla por Alepo va sin duda contra los intereses democráticos de las masas populares. Condenamos a los salafíes y a otras fuerzas sectarias armadas apoyadas por los apoderados imperialistas que quieren secuestrar y destruir la revolución democrática.

La lucha armada

La mayor parte de las fuerzas sirias de izquierda se han estado oponiendo a la estrategia de la lucha armada y han optado por un movimiento popular y una solución política tipo Egipto. Sus argumentos eran plausibles. La lucha armada convergerá con la exigencia de una intervención extranjera siguiendo el ejemplo de Libia. Como tenemos el precedente de Hama y el sectarismo está en el aire, podría fácilmente degenerar en una lucha sectaria y hundir finalmente el país en la guerra civil sectaria que bien conocen por sus vecinos libaneses e iraquíes. Solo un movimiento civil democrático puede asegurar la unidad a través de los diferentes grupos comunitarios.

Por desgracia, la camarilla de Asad fue siempre frontalmente contraria al movimiento democrático de masas. Tampoco sus partidarios rusos e iraníes fueron capaces (o no estuvieron suficientemente dispuestos) a forzar a sus aliados a emprender reformas importantes. Asad rechazó incluso las propuestas de reformas que sus aliados en Moscú y Teherán intentaron que aceptara para salvar al régimen (aunque no necesariamente a la familia Asad-Makhlouf). Según parece, el régimen se ha constituido realmente sobre el dominio exclusivo de la familia Asad-Makhlouf y no puede democratizarse. La única respuesta que tuvieron fue la represión sangrienta aplastando cualquier disidencia.

Por tanto, la autodefensa armada se ha ido convirtiendo cada vez más en una necesidad legítima y, cuando muchos soldados empezaron a desertar, se fue desarrollando orgánicamente desde el interior del movimiento popular.

Al mismo tiempo, las predicciones de la izquierda se fueron haciendo realidad de forma parcial. Las fuerzas apoyadas desde el extranjero hicieron masivamente campaña pidiendo la intervención militar extrajera, avivando el sectarismo mientras se enviaban, sobre todo desde el Golfo, fondos y armas en un intento de crear fuerzas apoderadas que ejecutaran su agenda política.

Pero esos intentos no significan automáticamente que la rebelión democrática popular haya cesado. Fuera de ella hay también una red de grupos armados que ha ido creciendo conectados orgánicamente con el movimiento. Han aparecido cientos de grupos y se está informando de duros conflictos políticos alrededor la línea política del levantamiento. A pesar del hecho de que los salafíes, así como los Hermanos Musulmanes, cuentan con el mayor respaldo exterior en dinero, armas y todo tipo de logísticas, eso no significa que las otras fuerzas, que se adhieren a las demandas democráticas, que no quieren convertirse en las fuerzas apoderadas del Golfo o Turquía o que no quieren aceptar el salafismo, hayan desaparecido. Los últimos informes desde Damasco nos dicen que muchos de los combatientes en la ciudad provienen de las barriadas populares donde el levantamiento armado intentó probar fortuna mientras que las fuerzas salafíes solo atacaron en los alrededores con combatientes extranjeros.

El hecho de que todos utilicen la etiqueta de Ejército Sirio Libre (ESL) es políticamente engañoso. Los líderes del ESL son esencialmente un grupo político de fuera (como el Consejo Nacional Transitorio –CNT-) que canalizan el apoyo hacia dentro que todos los grupos armados necesitan. Pero las verdaderas estructuras de mando están adentro y representan en mayor medida los intereses democráticos populares. Es comprensible que busquen apoyo logístico exterior pero eso no significa que se sometan completamente a las agendas exteriores. Sin embargo, el hecho de que no se hayan manifestado en contra del CNT-ESL tiene que ver también con la renuencia de la izquierda a referirse positivamente al ala democrática popular de la rebelión armada.

El liderazgo del CNT-ESL afronta grandes dificultades actualmente. La campaña por una intervención exterior tipo libio fracasó mientras la rebelión armada se extendía debido a la ayuda de las fuerzas populares locales. También su coalición con las fuerzas del Golfo-salafíes, que probablemente les llevará a una sangrienta derrota en Alepo, podría incrementar sus problemas. Y no todos ellos siguen la línea dura de que es imposible una solución política. Es sobre todo esta posición lo que puede explicar la desgana de los comandantes del ejército a preparar un golpe contra la camarilla Asad-Makhlouf. Otra expresión de la crisis de la coalición de la oposición externa del CNT apoyada por Occidente, el Golfo y Turquía, es la supervivencia, e incluso consolidación, del Órgano de Coordinación Nacional –a pesar de las enormes presiones que soportan debido parcialmente también a la decidida distancia respecto a todas las fuerzas armadas-, así como de otros grupos de izquierdas más próximos al levantamiento popular armado. Uno debe recordar que en Libia, prácticamente, esas fuerzas no existían.

Sin embargo, por otra parte, nadie puede negar que la rebelión armada y las deserciones masivas contribuyen decisivamente a la agonía del régimen Asad. Esto fue posible porque el levantamiento consiguió el apoyo masivo de la población local e incluso de las filas del ejército. El levantamiento armado es, en gran medida, de cosecha propia y popular, mientras que el apoyo exterior es un intento de usurparlo. Si el levantamiento avanza por la senda democrática popular, puede ganar. Si sigue la línea sectaria y militarista, perderá o provocará una guerra civil. La acción militar debe estar concebida para que produzca resultados políticos, conquiste la hegemonía política y, finalmente, se haga con el poder con medios militares inferiores.

Golpe de estado e insurrección armada

La principal pregunta que cabe hacerse respecto al movimiento armado sigue siendo política. Hay muchos signos de descomposición del régimen y del último de sus pilares. Tanto las minorías como la burguesía comercial están alejándose de forma vacilante de Asad. Hay informes de que los shabiha tienen problemas para hacer nuevos reclutamientos. Estas tendencias, que pueden ir fortaleciéndose, necesitan de más tiempo.

La cooperación civil-militar, que parece existir en muchos lugares, tiene que desarrollarse y reforzarse mediante instrumentos de poder democrático popular. Estos serán ejemplos convincentes, mientras que el gobierno estilo salafí sería la mejor ayuda política de que podría disponer Asad.

Tenemos después la cuestión fundamental del ejército. Cualquier revolución popular debe atraerse a su lado a partes del ejército. Las deserciones de altos mandos y soldados rasos no son suficientes. Partes de la cadena completa de mando deben cambiar de lado y preparar un golpe militar contra la camarilla gobernante que podría ir unido a una generalizada insurrección popular armada.

Políticamente, la camarilla Asad está totalmente acabada. Su incapacidad para las reformas democráticas demuestra su miedo al pueblo y a su propio aparato. Importantes secciones de soldados y también del cuerpo de oficiales simpatizan con la revolución y querrán deshacerse del grupo Asad. La deserción de Manaf Tlass, un comandante de alto rango y antiguo asociado del círculo más próximo a Asad que optó por las reformas, lo da a entender así.

La oposición necesita preparar políticamente el camino para un golpe de estado proponiendo una solución política para un gobierno de transición que incluya a algunos altos mandos reformistas, como el Órgano de Coordinación Nacional y la izquierda plantearon pero que fue constantemente atacada por las fuerzas con apoyo exterior. Esta exigencia no va dirigida contra el movimiento popular armado. Necesita de sus presiones constantes para imponer una solución pero también necesita contactos institucionales con Rusia, Irán y compañía para facilitarla.

El resultado podría no ser un gobierno revolucionario, quizá ni siquiera uno completamente democrático. Tampoco los levantamientos en Egipto y Túnez pudieron hasta ahora conseguir democracias completas. Posiblemente, y teniendo en cuenta la movilización popular de los últimos dieciocho meses, el papel de las fuerzas populares podría ser mucho mayor que en otros países árabes. En cualquier caso, abriría la puerta y dejaría espacio para un movimiento democrático popular amplio, como en Egipto, evitando el grave peligro de una guerra civil prolongada. Podría bloquear la injerencia y la intervención extranjera y marginaría el peligro salafí del sectarismo armado.

Este escenario no es solo un sueño revolucionario, es una posibilidad concreta. Proporcionaría un empuje poderoso al levantamiento popular árabe y a la lucha popular antiimperialista global.

Wilhelm Langthaler es el organizador de la Marcha Global a Jerusalén en Austria y portavoz del Campo Antiimperialista para Austria e Italia.

Traducido del ingles por Sinfo Fernández.

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